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29 de diciembre de 2012

El muro infranqueable.


Desde niños nos enseñan que hemos de decir la verdad. Nuestras madres y nuestros padres, núcleos unívocos de la familia, sea esta unicelular o pluricelular, e incluso multicelular, que todos los postulados son válidos excepto para la santísima iglesia católica, nos inculcan el deber de la confesión verdadera ante sus preguntas, sin explicarnos que lo que más desean, realmente, es que no les mintamos a ellos. Sin embargo, es pronto, todavía en la más tierna infancia, cuando se desmontan sus teorías ante nuestros ojos cuando, alejados de toda malicia, se nos ocurre decir lo que piensan nuestros progenitores de los amigos, o les dejamos con las partes al aire al descubrirlos en una contradicción. Entonces, y es a partir de ese justo momento que nos damos cuenta, nos tratan como pequeños traidores que tenían que haberse enterado autodidactamente que no podíamos decir la verdad. Es como Eva y la manzana, te desnudan de aquella inocencia que te han inculcado tan ferreamente y que ahora parece molestarles tanto. Contradicciones de adultos que tu no entiendes, te dicen en el mejor de los casos, y que tu repetirás con tu progenie, ya que la naturaleza humana es la que es.
Por eso, al llegar a la adolescencia, y a partir de aquí más allá, aprendes que las mentiras forman parte de tu vida. ¿Porqué mentimos? Bueno, lo hacemos porque la verdad que ocultamos, si se supiese, nos llevaría a no ser comprendidos, o a perder lo que tenemos, o a herir a otros, o sencillamente a ser juzgados injustamente. He dicho otras veces que la mentira es un acto lícito de defensa ante las miradas intolerantes o ante alguien, o algunos, que nos pueden dañar. Ciertamente me reafirmo en ello, pero también creo que existe mucho de lúdico en la mentira, cuando esta forma parte de un acto social. Hay gente que la puede utilizar para engañar, es cierto, pero también es utilizada para aparentar, o simplemente para herir. También está la mentira inconsciente, que está basada en intuiciones sin confirmar, y que dicha y utilizada por personas egoístas pueden hacer daño a terceros. Sin lugar a dudas, encontraremos la mentira auto defensiva, esgrimida por miedo a las consecuencias de lo que hacemos, o la no menos afamada mentira piadosa, que es aquella que utilizamos cuando nos creemos en posesión del don de decidir si otro ha de saber o no alguna información, utilizada básicamente en enfermedades y males de amores.
En definitiva, la mentira no es algo intrínsecamente malo, si no que es su uso la que la convierte en detestable, o no, por lo que las personas, los grupos, somos finalmente responsables de su utilización positiva o negativa, y de que haya gente que la tenga que utilizar como un muro infranqueable de silencio que salvaguarde su intimidad ante ojos ajenos, aficionados a llenar su vacía soledad con la vida de los demás.

14 de diciembre de 2012

A que llegue.



Corté la carne con el cuchillo más afilado, luego vino la cebolla, la grasa de pella, las patatas, el pimentón dulce, el comino y el ajo molido. Más adelante, los huevos duros y la cebolla de verdeo, ya que todo tiene que quedar bien jugoso. Luego, a esperar que todo cueza, disfrutando de un buen vino blanco, y releyendo por septuagésima vez las páginas de Benedetti, ya manchadas de eterno y nostálgico aceite, mientras mato el tiempo pensando por qué hay tan pocas cosas que sazonen la vida. Huelo entonces, embriagado, el aroma de la comida recién salteada al fuego. Ahora solo falta esperar la compañía deseada para admirar, con envidia lo reconozco, cómo la servilleta recorre sus labios húmedos.

14 de noviembre de 2012

Cuando fui inmortal.


Hubo un tiempo en el que fui inmortal. O eso creía en aquella época. Luego, el paso del tiempo, los años, me demostraron que realmente nada es eterno, ni tan siquiera la inmortalidad. Fue precisamente en aquella época de inmortalidad perpetua cuando todo me parecía posible, alcanzable, o por lo menos, creías que tenías derecho propio a soñarlo. En esos años, el tiempo no parecía pasar ni tener fin, y los deseos se transformaban en necesidad inmutable con solo tocar con la punta de los dedos aquello que mas anhelabas. Lo real era aquello que simplemente querías, daba igual si al final pasaba o no. Los amigos eran para siempre, así como el amor, las borracheras, las noches de insomnio, la irresponsabilidad, los padres, los fines de semana, los cómics, Boris Vian, la música rock...
Pero luego los años, la experiencia, me acabaron demostrando que nada es para siempre, ni siquiera la inmortalidad, y que esta solo es un estado transitorio que acaba desapareciendo en cuanto llegan la rutina, las obligaciones, el cansancio. Y es entonces, en aquella barrera que fronteriza los veinte años, cuando comienzas a ser un verdadero hombre adulto, permeable a todo lo que te rodea, perdida ya la ilusión por ser eterno vencedor en todas las batallas, en cada una de las confrontaciones. Algunos lo llaman madurar, otros la pérdida de la juventud, de la ilusión. Tal vez sea todo un poco verdad, pero cuando ya franqueas la mitad de tu vida, compruebas por fin que la verdadera inmortalidad existe nuevamente, que está escondida en aquellas pequeñas cosas que sustituyen a los grandes sueños, a los logros casi imposibles, y aprendes a ser mortal. Porque la inmortalidad no existe, y lo más precioso que podemos conseguir es reconocerlo y disfrutar de cada momento que se te presente.