
Lo insignificante, creo, solo es un valor que nos damos cada uno, o que algunos nos dan, y que en ciertas circunstancias resultan contradictorios entre sí. Puedes verte, desde luego, insignificante en relación a algo de magnitud mucho mayor pero, a la vez, puedes creerte mucho más importante de lo que en verdad eres respecto a aquello que te rodea. A este hecho se le podría denominar prepotencia, o tal vez soberbia, o incluso papanatería, simplemente porque creerse más por cualquier motivo es caer en el error de pensar que nadie nunca podrá ser mejor que tú, y eso es realmente como llevar los ojos vendados. A veces ser insignificante está bien, porque te permite llegar más lejos, continuar una búsqueda, ensanchar tu mapa vital. Ser demasiado importante solo da responsabilidades de cara a los otros, ya que parece que ya hayas conseguido la meta y no puedas errar. Ser profeta es realmente cansado. Además, aquel que por equivocación se cree tanto como para tener razón en aquello que piensa, y no aceptar que haya más posibilidades que la suya propia, se pierde la oportunidad de seguir creciendo. Porque cuando escuchamos, aprendemos, y cuando hablamos solo aprendemos de lo que ya sabemos. Eso si, no me hagáis caso y haced lo que queráis, porque como dice mi amiga, estamos de paso, y eso nos da una idea de lo que realmente valemos.