Buscar este blog

29 de septiembre de 2010

De los que ya no están.

 

              461459512_2b776f3314

En un funeral o un entierro, siempre existirán contrastes. Veremos rostros de dolor junto a sonrisas contenidas, a gente que se intercambia tarjetas del trabajo junto a otras que se saludan con la efusividad y el desparpajo del que no se ve desde hace tiempo, seguramente desde el último funeral. Curas que hablan del ausente como si le hubieran conocido de toda la vida, junto a trabajadores de Pompas Fúnebres de una eficiencia y frialdad casi funcionarial. Todo de un aspecto que intenta ser solemne, pero que no oculta la realidad: qué bien estarían muchos comiendo unos canapés y unos refrescos, como hacen en la cultura sajona, mientras intercambian las dichosas tarjetitas y se explican con tranquilidad que ya no están casados con la misma persona que en la última vez que se vieron, o pueden sonreír con más tranquilidad que en un lugar tan pensado para el duelo como nuestros cementerios.

La verdad, confieso que yo nunca he podido relajarme en estos sitios, sea cual sea el grado de proximidad que me una al que ha marchado. No me gusta el ambiente artificioso que veo, pero comprendo que forma parte de nuestra tradición, así que lo acepto con resignación, aunque yo espero que cuando me toque mis amigos y mi familia se vayan a celebrar el tiempo que hemos estado juntos, y no el que ya no compartiremos.

Porque para mi los que ya no están son casi más importantes que muchos de los que nos quedan. He perdido en el camino a gente muy importante, y que cuando me siento solo y desorientado me gusta pensar que, aunque solo como minúsculas motas de polvo en el Universo, ellos también me sienten.

Porque los que ya no están, aunque ausentes de nuestra mirada, siguen viviendo en nuestro recuerdo, en la necesidad que tenemos de sentir que de algo servimos en el ciclo de la vida. Y aunque yo no se si mañana seré más feliz o estaré más triste que ahora, el tiempo pasa, y solo deseo poder llenarlo de recuerdos que acompañen mañana a los que queden cuando yo ya no esté, y que esto les haga sentir que nunca estarán solos.

26 de septiembre de 2010

De la mentira y los secretos.

                 secreto 3

Todos hemos dicho alguna vez, a lo largo de nuestra vida, una mentira. Casi todos hemos dicho más de una vez mentiras.Y casi todos hemos dicho muchas mentiras. Incluso, ha de existir en el ancho mundo alguien que haya convertido el ser mentiroso en una especie de juego, de modus vivendi social. Y sin embargo, aún reconociendo todo lo anterior, no entiendo la mala fama que tienen las mentiras, ya que estas son, por lo general, una murallas para salvaguardar nuestros secretos, algunos íntimos e inconfesables. Un arma, sin duda, que utilizada con el fin de proteger lo que no deseamos enseñar, no tiene porqué ser mala.

Y si hablamos de los secretos, estos figuran como imprescindibles, bajo mi punto de vista, a la hora de guardar nuestra intimidad. ¿Porqué tener secretos ha de parecer intrínsecamente malo, cuando en realidad es una manera como otra de ejercer nuestra libertad a explicar lo que deseamos? Porque no contar aquello que nos interesa o queremos, no es malo porque sí, al menos para el que tiene secretos que ocultar. Hay que respetar los motivos por los que lo hace. Lo que pasa es que, por lo general, todos deseamos conocer aquello que concierne a los demás, y somos insaciables en ese aspecto. Ahora bien, esas mismas personas que matarían por saber lo del vecino se guardan también lo suyo para ellas, lo que no deja de ser muy humano y a la vez muy ilógico. La mentira, por otro lado, también nos ayuda a despistar al curioso de lo ajeno, y a guardar nuestros secretos en el cajón de nuestra intimidad, lo que evita, de paso, quedar desnudos ante la inquisidora e implacable mirada de los otros.

Por otro lado, la mentira y el secreto también existen para encubrir algo que nos avergüenza de nosotros mismos, o que podría hacer daño a otros. O los secretos que tapan, estos más íntimamente ligados a nuestras inseguridades, nuestra verdadera manera de ser, y que haría que los demás nos viesen como somos realmente, y no como queremos que nos perciban. De ahí que siempre aparezca tanto visionador de documentales y de películas centroeuropeas subtituladas.

No estoy justificando aquí, en forma de alegato, mis secretos y mentiras, ya que no lo necesito ni es mi intención. Cada uno se conoce sus propios secretos y mentirse a si mismo si que es la mayor de las mentiras. El mentiroso, creo, no es tanto un cobarde en el estricto sentido de la palabra, como un superviviente. Mentimos por necesidad o simplemente porque queremos. Incluso a veces por no hacer daño a otros. Mentimos para nosotros, no para los demás. Y mantener, muchas veces, el secreto, es fuente de libertad individual.

Por eso, ¿arrepentirme yo de mis secretos?..¡a ti te lo voy a contar!

19 de septiembre de 2010

Ahora lo ves, y luego no es.

               tema_091208_chismoso_250x190

Todos hemos tenido en nuestra vida la sensación que lo que hemos pensado de alguien, al final ha sido equivocado. Podemos hablar de una situación, de una actitud, e incluso de un hecho extremadamente puntual. La verdad es que, como dice el anuncio, el ser humano es maravilloso, y por lo tanto, difícil de catalogar. Estar delante de alguien y creer que controlamos todo lo que pasará entre esa persona y nosotros es algo connatural al hecho de que nuestro mundo es limitado. Muchas veces, es como mirar con un catalejo, el cual te deja a oscuras grandes trazos de paisaje, lo que no deja hacernos una idea del general que deseamos ver. Si nuestro cerebro es selectivo con la información que le llega, para así poder tomar decisiones rápidas, eso en las relaciones entre personas puede llevar a la frustración. ¿Es realmente tal hombre o mujer como nos lo habíamos imaginado antes de conocerlo más a fondo? Y admitiendo que en ocasiones la primera impresión, si no es la que vale, por lo menos ayuda, es necesario profundizar en los demás para hacernos un retrato más completo de su complejidad. Con lo que cuesta llegar a conocerse a uno mismo, como para creer que somos tan sagaces para adivinar sobre alguien que nos acaban de presentar. Y eso vale también para razonar sobre lo que vemos. Es posible que en la oficina veamos al jefe comportarse como un niño con la secretaria, que ella le responda de la misma manera, y eso nos haga pensar que algo prohibido tienen entre ellos, sin llegar a imaginarnos que, seguramente, no pasará nunca de un inocente juego de tonteo. Sin embargo, nuestras mentes obcecadas por la perversión de lo que nos imaginamos, ya les atribuyen citas amorosas, miradas cómplices, o preferencias a la hora del trabajo. Y de allí a que alguien les haya visto en un parque oscuro de la mano, hay un paso. La oficina se llena de rumores, todos infundados, basados en el me dijo fulanito, o los vio menganito. Y después, cuando todo se descontrola, el rumor llega a oídos de otro jefe que es amigo de la familia del acusado, y este no puede reprimir explicárselo todo a la mujer de su amigo. Luego, gritos y peleas en casa del vilipendiado, separación, gastos de abogado, alguien que tiene una casa menos y dos manutenciones que pasar, y otra a la que se le multiplican los pretendientes en busca de su nueva fortuna… y a todo esto, el jefe que no puede volver al despacho sin poner cara de avergonzado, la secretaria, que ya está haciendo cola en las oficinas de trabajo, y los dos sin volver a verse en la vida. Han perdido lo que tenían por las especulaciones de personas que, en el fondo, no tenían nada que ver en toda aquella historia. Un ejemplo posible, este, de la influencia que puede tener una visión de catalejo sobre la realidad, esa que ahora la ves, y luego, por sorpresa, ya no está.