
Sin embargo, cuando esto sucede, y nos acostumbramos a ganar las batallas dialécticas que se nos presentan, nuestro ego tiene tendencia a reafirmarse desmesuradamente. Es entonces cuando podemos llegar a caer en la soberbia, una enfermedad que nos aleja de aquellos que nos rodean, transformándonos en algo más alá que héroes, que reyes para nosotros mismos, pero que pinta antes los otros un cuadro de discutible superioridad, algo realmente, ahora si, malo malísimo. No podemos perder nunca la brújula del respeto hacia los demás ni de la humildad de nuestras opiniones. Seguro que si no intentamos imponerlas, estas serán mucho mejor recibidas, y en definitiva, y de eso se trata al final, de aprender de lo que escuchamos, porque no hay nadie más sordo que al que sus propias palabras no dejan escuchar las de los demás. Y necio, con perdón.