
Porque, vamos a ver, no me digáis que no es una mala jugada el hecho de que siempre que empezamos a entendernos un poco, aparezca algún lado inesperado de nuestra personalidad que nos demuestra que nuestro interior es como aquellas junglas en blanco y negro de las películas de Tarzán, y me refiero a las que veía yo en el cine Texas, cerca de la calle Bailén, con doce años, por supuesto de reestreno que no soy tan mayor, en sesión doble y tan censuradas por los curas que las escenas daban más saltos que la mona Chita. En fin, que nunca acabamos de conocernos, y gracias a quien sea que es así. Porque realmente cuesta imaginarnos como un puzle completo, uno de aquellos que has tenido meses encima de un tapete sobre la mesa, molestando a todo el mundo, y que cuando al final, bendito destino, encajas la última pieza, decides que, para tanto trabajo, lo enmarco y lo cuelgo de una pared. Y sí, allí queda muy bonito, y tú te enorgulleces, y los demás, al principio lo miran, pero con el paso del tiempo todos acaban por no hacerle mucho caso. Vamos, que acaba confundiéndose con el paisaje de puro aburrimiento. Pues yo, personalmente, para acabar más visto de mí mismo que un puzle colgado de la pared, prefiero el gustazo de la aventura de buscar siempre aquella pieza nuestra que no entendemos, que nos falta, aunque eso te haga sufrir un poco por el camino. Porque de eso se trata la vida, al fin y al cabo, de buscar, de ser inconformista. De disfrutar de aquello que nos representa un desafío, de querer ser mejores en algo, o de desear conectar con los demás para, así, encontrar piececitas de nosotros mismos por el camino. Porque, en definitiva, o tal vez no, de lo que se trata es de comprender que todo empieza y acaba en nuestro interior, y que todo lo que nos acabe paseando fuera, hará que descubramos una parte inesperada de aquello que somos. Suerte a todos en el desafío.