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14 de noviembre de 2012

Cuando fui inmortal.


Hubo un tiempo en el que fui inmortal. O eso creía en aquella época. Luego, el paso del tiempo, los años, me demostraron que realmente nada es eterno, ni tan siquiera la inmortalidad. Fue precisamente en aquella época de inmortalidad perpetua cuando todo me parecía posible, alcanzable, o por lo menos, creías que tenías derecho propio a soñarlo. En esos años, el tiempo no parecía pasar ni tener fin, y los deseos se transformaban en necesidad inmutable con solo tocar con la punta de los dedos aquello que mas anhelabas. Lo real era aquello que simplemente querías, daba igual si al final pasaba o no. Los amigos eran para siempre, así como el amor, las borracheras, las noches de insomnio, la irresponsabilidad, los padres, los fines de semana, los cómics, Boris Vian, la música rock...
Pero luego los años, la experiencia, me acabaron demostrando que nada es para siempre, ni siquiera la inmortalidad, y que esta solo es un estado transitorio que acaba desapareciendo en cuanto llegan la rutina, las obligaciones, el cansancio. Y es entonces, en aquella barrera que fronteriza los veinte años, cuando comienzas a ser un verdadero hombre adulto, permeable a todo lo que te rodea, perdida ya la ilusión por ser eterno vencedor en todas las batallas, en cada una de las confrontaciones. Algunos lo llaman madurar, otros la pérdida de la juventud, de la ilusión. Tal vez sea todo un poco verdad, pero cuando ya franqueas la mitad de tu vida, compruebas por fin que la verdadera inmortalidad existe nuevamente, que está escondida en aquellas pequeñas cosas que sustituyen a los grandes sueños, a los logros casi imposibles, y aprendes a ser mortal. Porque la inmortalidad no existe, y lo más precioso que podemos conseguir es reconocerlo y disfrutar de cada momento que se te presente.