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15 de enero de 2015

La felicidad comprada


Arturo se levantó somnoliento aquella mañana. La pereza invade los cuerpos cuando las mentes no tienen motivación para hacerlos mover. Todo lo que le rodeaba, desde lo más importante hasta lo más insignificante, había perdido valor. Y es que eso pasa cuando pierdes a quien más amas.
Arturo llegó hasta el frigorífico, lo abrió con sumo esfuerzo, y miró dentro en busca de algo que llevarse al estómago, algo que le hiciese olvidar el insoportable dolor abdominal que le atenazaba después de demasiadas horas sin dormir. Solo encontró una botella de leche y tres huevos. No recordaba desde cuándo estaba eso allí, así que cerró sin hacerse con nada, prefiriendo la tan denostada intranquilidad del que necesita comer para sobrevivir.
Se vistió como pudo, solo lo necesario para no ser tachado de amoral, cogió la caja de cartón marrón de encima la mesa, y salió a la calle. Los enormes rascacielos tapaban el sol, incluso la claridad del día, tiñendo todo de una espesa penumbra, así que entre el intenso tráfico y el estresante ruido se zambulló en la masa ingente de personas grises que deambulaban sin mirarse, cada uno enfrascado consigo mismo.
Y es que desde hacía ya unos cuantos años, la sociedad se había convertido en una feroz competencia individualista en busca de la propia felicidad, Los valores como el compañerismo o la amistad entre personas había dejado paso e la necesidad de no sufrir. Todo había cambiado tanto que nadie estaba dispuesto a ceder ni una parte de su privacidad, de su intimidad para dedicarla a los demás. Primero fueron las mascotas las que llenaron el vacío afectivo de la gente, ya que al menos estas no podían traicionarte, defraudarte, romperte el corazón. Se llegaron a crear verdaderos clubs de propietarios de perros y gatos, en los cuales, a través de las redes sociales de internet, se creaban perfiles bajo la estricta apariencia del felino o el can. Sin embargo, este sistema tenía un defecto, ya que los animales acababan enfermando y muriendo, lo que hacía crecer en sus propietarios una nueva sensación de vacío y de infelicidad. Y así fue como nacieron las mascotas cibernéticas, calcos asombrosos de las reales, pero con la ventaja de no tener un final traumático, lo que hacía que la frustración no llegase a aparecer casi nunca, ya que te acompañaban, eso decía la publicidad, en todo el trayecto de tu vida, no olvidándose de ti ni siquiera en la vejez.
Ese plan aparentemente perfecto en busca de la felicidad individualizada, del rechazo a ser rechazado, de la necesidad de no sentirse frustrado por algún ser humano, de no tener que compartir lo propio con alguien que te lo pueda quitar, tenía un fallo que podía parecer incluso aceptable. Había algunos ejemplares de aquellas mascotas para toda la vida que se estropeaban de manera definitiva en algún momento de su programada existencia, dejando a su propietario bajo un profundo sentimiento de soledad tras su pérdida irreparable.
Cuando Arturo llegó a la tienda donde había comprado su mascota virtual, un lugar ciertamente cochambroso y un poco siniestro, lleno de estantes con diversas mascotas inanimadas, ya había cola. Un hombre mayor estaba delante del mostrador, y detrás una chica joven, de unos veinte y pocos años, con una caja parecida a la suya a los pies.
-¿Eres la última? –La pregunta parecía estúpida, pensó Arturo de repente, pero ya era tarde para evitarla.
La  chica se volvió lentamente, y tras mirarlo parapetada detrás de unos enormes ojos tan oscuros como nostálgicos, como aquel que está pero no está, le hizo un lento movimiento afirmativo con la cabeza, para luego volverse otra vez.
En aquel momento salió el dependiente, ataviado con una bata de color gris llena de manchas de grasa, con un papel en la mano, y se puso a hablar con el señor mayor que estaba en el mostrador. Arturo se acercó a poca distancia del oído de la joven, para no ser escuchado por aquellos dos individuos.
-¿Sabes si le falta mucho?
La chica le devolvió una mirada inexpresiva y un encogimiento de hombros, por lo que Arturo no volvió a insistir.
-Tiene usted que esperar unos días más señor, falta una pieza y no la recibiré hasta el martes de la semana que viene, y eso con suerte, ¿sabe usted?, que vienen de Alemania y estos días hay huelga de transporte y no me lo pueden hacer antes, me han dicho en la fábrica, eso si, en alemán, y yo de idiomas extranjeros poco, ¿sabe?, porque…
Llegados a este punto, Arturo decidió que la conversación ya derivaba en aspectos que no le interesaban, y que lo que él quería, que fuesen rápido despachando al anciano, parecía ser ya una entelequia intrascendente, solo por imposible, así que se apartó una par de pasos más de la chica de delante y observó con curiosidad los atestados estantes de madera donde reposaban las figuras inertes de innumerables mascotas artificiales. Desde perros a gatos, pasando por ratoncitos, pájaros multicolores e incluso la imponente figura de un cerdo vietnamita. Solo falta un caballo, pensó Arturo, aunque no me extrañaría que dentro tuviesen uno. Instintivamente miró detrás del dependiente por la puerta abierta que parecía dar acceso a la trastienda, por donde asomaba una mesa de trabajo como de ebanista llena de piezas sueltas y pequeños trozos de mascotas. Una cabeza de gato, una pata de pastor alemán, una cola de lo que parecía ser algún tipo de mascota que a simple vista no podía clasificar, también componentes, chips e infinidad de objetos irreconocibles para él.
Finalmente el anciano se dio media vuelta para dirigirse a la salida, lo que le hizo salir de la abstracción. Le tocaba a la chica.
-¿Qué desea, señorita?-La voz del dependiente era especialmente nasal y aguda, casi tan desagradable como su rostro anguloso y su pelo engominado.
La chica se limitó a darle un papel, idéntico al que Arturo le había visto anteriormente al dependiente en la mano.
-¡Ah, sí!, ya lo tengo acabado. Me ha costado un poco encontrar donde fallaba, pero al final he conseguido dar con el componente. Verá, es una pieza algo cara, y como sabrá, su mascota ya no está en garantía, así que para devolvérsela  necesito saber que podrá hacer frente al pago. Eso sí, en cuanto lo tenga, podrá comprobar que vuelve a estar como nuevo y con una garantía de tres años en las piezas, aunque, eso si, no en la mano de obra.
La chica pareció inmóvil durante unos segundos, durante los cuales no pude dejar de mirar sus hombros, perfectamente dibujados. Al final, el dependiente, sin dejar de fijar su mirada casi lasciva en el rostro de la muchacha, continuó hablando con un tono mezcla de impaciencia y falsa comprensión.
-Espero que lo entienda señorita, yo no puedo entregar un trabajo sin una garantía de que cobraré, es que mi jefe me mataría si le fio. Si usted al menos me dejase una paga y señal, yo se lo guardaría en depósito unos días más…
La chica encogió los hombros nuevamente, como le había hecho a Arturo antes.
-No tengo dinero ahora – Su tono de voz era como mecánico, como si su mente y su cuerpo estuvieran al ralentí- No tanto…
-No sé, tal vez disponga usted de una tarjeta de crédito con la que adelantar un cuarenta por ciento de la reparación, con eso tendría bastante – Fue la respuesta del dependiente, ahora ya visiblemente incómodo por el cariz que empezaba a tomar la situación, e incapaz de dar su brazo a torcer- Le aseguro que no son trabajos fáciles, estos. Su gato adolecía de un fallo en el sistema que regula las emociones, y por eso no respondía a los estímulos afectivos. Ese es un componente fundamental en los animales mecánicos, señorita, no sé si usted lo sabe. Y además caro.
La chica dio media vuelta y encaró la puerta de salida, susurrando mientras pasaba junto a Arturo como flotando, un nostálgico Ya volveré a media voz. Todos los que estaban allí, sin embargo, sabían que eso era una manera de despedida de su preciado gato mecánico.
Después de unos segundos trascurridos al cerrase la puerta tras la chica, en los cuales el tiempo pareció detenerse hasta flotar, y durante los cuales ni el dependiente ni Arturo fueron capaces dejar de mirar hacia la calle esperando que ella regresase, la mecánica del Universo se puso nuevamente en marcha.
-¿Qué puedo hacer por usted, caballero?
Arturo encaró directamente la mirada miope del dependiente, parapetada detrás de unas gafas de metal oxidado, las cuales, curiosamente, no había notado que llevase hasta aquel momento.
-Para arreglar- Fue lo único que se le ocurrió decía a Arturo mientras levantaba su caja del suelo y la dejaba sobre el mostrador, con el pensamiento centrado solo en aquella muchacha nostálgica que no sabía muy bien por qué, le atraía como un imán.
Luego de cinco minutos, Arturo conseguía salir de aquella tienda y encarar la estrecha calle en busca de la chica desconocida, llevando bajo el brazo una pequeña caja de color marrón, y encaminándose tras los pasos de aquella joven que, no sabía aún porqué, le había desmontado su equilibrio emocional.
Al llegar a la siguiente calle miró a izquierda y luego a derecha sin éxito. Tenía que decidir qué camino escoger ahora, y no había ningún indicio que le diese la menos pista, ni siquiera las probabilidades, así que, sin poder utilizar tampoco la intuición, decidió echarlo a suertes y caminar en dirección desconocida, como una barca perdida al pairo.
Y fuese el destino, la suerte o la casualidad, después de girar tres o cuatro esquinas, vislumbró la figura solitaria, sentada en el suelo, mirándose sus descoloridos zapatos, y  contra una vieja fachada a punto de desmoronarse, de la mujer objeto de su repentina obsesión. Decidió acercarse a ella, vencedor de las primeras dudas, eso si, intentando no hacer ruido, en un intento posiblemente vano de no romper aquella imagen casi mágica.
-Ten- Le dijo Arturo al llegar a su lado y mientras le tendía la caja llevaba- Tu gato.
La muchacha miró primero la caja y luego a él, parapetada eternamente en unos enormes ojos oscuros llenos de nostalgia.
-No se lo puedo pagar, ya se lo dije al de la tienda- Le dijo sin mirarlo directamente a la cara, anclada nuevamente en sus zapatos.
-No espero que lo hagas- dijo Arturo, en una muestra de generosidad que esperaba que ella no tomase como un intento de tosca seducción por parte de un hombre que, como mínimo, le doblaba la edad- Solo quédatelo.
Depositó entonces la caja junto a ella, en el suelo de adoquines húmedos, con la intención de dar media vuelta y desaparecer en cualquier dirección, hasta que la voz impersonal de aquella joven le detuvo en seco.
-¿Te importaría hacerme otro favor, me podrías invitar a tomar un café?
La petición, por extraña y fuera de lugar, descolocó completamente a Arturo, que sin embargo se volvió hacia ella otra vez y, como toda respuesta, levantó la caja del suelo y luego le tendió una mano, a lo que la joven respondió aferrándose para levantarse como auspiciada por un impulso casi de levitación.  Luego, sin mediar palabra entre los dos, como figuras casi fantasmagóricas, volvieron a perderse por las callejuelas más viejas del mundo.
Al cabo de un buen rato de caminar en silencio, encontraron una terraza al aire libre, envuelta en el silencio de aquellos lugares que raramente son visitados por extraños y en el que el tiempo parece no transcurrir, y si lo hace es bajo una ligera apariencia de inmovilidad.
Se sentaron en un par de incómodas sillas de metal, uno frente al otro, la caja bajo la mesa, mientras un camarero con aspecto de pizzero italiano se les acercó pausadamente hasta quedar a medio metro de ellos, en silencio, a la espera de que pidiesen alguna cosa.
-Un café americano y un espresso- Dijo la joven de la mirada lánguida sin cambiar el mismo tono de voz con el que se había dirigido al dependiente de la tienda de reparaciones de animales mecánicos.
Arturo la miró sorprendido.
-¿Cómo sabes que me gusta el café americano?
Su respuesta fue aún más sorprendente.
-No lo sabía. El espresso era para ti- En aquel momento su rostro dibujó la primera sonrisa desde que la había conocido aquella mañana. Aunque tal  vez, para ajustarse a la realidad, fuese mejor definirla como media sonrisa. Además, por primera vez lo había tuteado, lo que hizo que Arturo se sintiese subjetivamente más joven.
En ese momento sonó en una radio Quelqu’un m’a dit, y todo pareció detenerse nuevamente durante unos minutos de silencio entre los dos hasta que el camarero volvió con los cafés.
-Explícame algo de tu vida- Fue la pregunta que ella le lanzó a bocajarro mientras lo miraba con sus grandes ojos oscuros detrás de la humeante taza.
Arturo pareció descolocado, pero enseguida la sangre empezó a fluirle por el cuerpo mientras un tímido rayo de sol le calentaba la espalda, iluminando a la vez el rostro de aquella muchachita que le acababa de dar una nueva oportunidad para sentirse otra vez sí mismo.
Así transcurrió el tiempo infinitamente, entre historias pasadas, viejos anhelos y tantos fracasos. Y es que en eso consiste vivir, una mezcla de todo lo bueno y lo malo.
Tengo que irme, le dijo ella, a lo que él pareció sorprendido, y mirando el reloj se dio cuenta de que el tiempo había transcurrido como un suspiro, y que el sol de la mañana se había transformado en la luz del atardecer, muchas palabras y algunos cafés después. Luego se levantó y sin despedirse se perdió entre el laberinto de callejuelas sin dar tiempo a Arturo a articular ni una inmisericorde palabra, clavado aún como estaba en la silla de metal. Luego dejó un billete sobre la mesa y al levantarse su pie chocó con algo en el suelo. Era la caja de cartón que ella se había olvidado. Arturo corrió calle abajo con la caja bajo el brazo, pero ya era tarde, ella ya había desaparecido. Miró la caja y la dejó en una esquina, sabiendo que en cuanto se volviese ya no estaría, ya que alguien la habría recogido en busca de una compañía que él ya no necesitaría encontrar en un aparato mecánico. Él, al menos, ya no buscaba comprar la felicidad.

Aquella muchacha de ojos tristes que no le había dicho su nombre le había enseñado, sin apenas hablar, que lo importante no es lo que nosotros recibamos, si no lo que podamos dar. Y que los sentimientos no se pueden inventar, ni forzar, han de nacer desde dentro. Así que en cuanto llegase a casa, se compraría una pecera. Eso sí, con peces de verdad.

14 de febrero de 2014

Hay muchos catorce de febrero

Beatriz se retocó coquetamente el pelo,y se alisó con cuidado la falda plisada, para luego sorber un poco de cafe recién hecho. Miró casi distraida por la ventana,frios los cristales como sus mejillas coloreadas,mientras veia caer las gotas de lluvia que salpican febrero y tambien su estado de ánimo. Qué difícil es esperar ver pasar, por primera vez, el amor a los ochenta.

31 de diciembre de 2013

Los buenos amigos también tienen efectos secundarios

Hoy que acaba el año,quiero recuperar un artículo que escribí hace mucho tiempo, pero sobre el que aún hoy estoy íntimamente de acuerdo. Eso si,he ampliado el final. La experiencia te hace crecer. Lo dicho:
Si, lo se, parece que siempre le esté dando vueltas a las mismas cosas. Pero, ¿qué más puedo hacer, si lo que siento y me pasa versa sobre los mismos temas? Desconozco cual es la verdad de todo, aquella que me haría auténticamente feliz, y creo que en eso me parezco al resto de los humanos que poblamos esta esfera azul, y sin embargo, cuanto más intento escarbar en los sentimientos de los que me rodean, mayor es mi desesperanza para encontrarla. Sería algo así como cuanto más intento descubrir a mis amigos, más los desconozco. Porque, bien mirado, nuestros amigos son una subespecie dentro de la especie humana. Son seres que nos rodean, muchas veces sin hacerse notar, y que, si son de verdad, están ahí siempre que los necesitas. Pero también están los falsos amigos, parásitos que huyen de tus problemas como si estos fuesen la penicilina. Por eso, no hay nada mejor que vacunarse contra ellos, y para hacerlo es importante empezar pidiéndoles un favor. Si son amigos de verdad, te escucharán, sufrirán por ti con tus problemas, y finalmente se ofrecerán para lo que haga falta. Si son parásitos, te oirán pero no te escucharán, ya que se habrán quedado muy al principio, pensando qué les vamos a pedir, sufrirán, pero no por tus problemas, sino por cómo les afectarán estos a su tiempo o a su cartera, para finalmente hacerte ver que están en terribles problemas económicos, o que mañana marchan de vacaciones. Esos falsos amigos, subespecie que fagocita todo lo que pueden sacarte, negándose luego a devolvértelo, abundan más de lo que nos pensamos. Y sin embargo, como las bacterias, son inevitables. Y tienen efectos secundarios. Normalmente, después de haber descubierto su presencia, y sin darte tiempo a ir al médico, te dejan como secuela cara de tonto, la boca abierta, y lo que es peor, una tremenda desilusión dentro del alma.
Y también están los amigos de verdad, aquellos que te sorprenden cuando no lo esperas, que te ayudan y se ofrecen sin dilación, y que a pesar de pensar diferente en muchas cosas, anteponen sus sentimientos a su ego.
A estos, sencillamente, protégelos este nuevo año, que no abundan demasiado.

22 de octubre de 2013

La duda humana.


Nunca se está seguro de nada, señor Kellergan. Por eso la existencia se vuelve muy complicada a veces. Esta frase es de "La verdad sobre el caso Harry Quebert", el libro que estoy devorando estas últimas noches, y solo leerla me hizo reflexionar sobre su sentido real sin acabar de saber porqué. Claro que como casi siempre, me fui a dormir sin llegar a ninguna conclusión clara, pero un ruido insospechado en medio de la madrugada me despertó y en ese estado de semi inconsciencia transitoria que tanta claridad da, di con la pequeña clave de lo que me había llamado la atención del párrafo. Y no es otro tema que la duda. Aquella que nos atenaza, pero que también de rebote nos sumerge en el exceso de duda, y que nos imposibilita avanzar, tomar decisiones. Aquella duda que se presenta cuando calculamos riesgos, cuando tenemos que decantarnos por una solución o por otra. Una duda irreflexiva, que no se deja convencer, porque es tan difícil salir de ella, moverse ni un poquito. Porque la duda, esa insana, la que nos hace perder oportunidades que posiblemente ya no volverán a presentarse, no es más que el reflejo del miedo. Miedo a equivocarnos, a sufrir las consecuencias de ese posible error futuro, como un boxeador con terror a los guantes del contrario. Pero si aún parece poco, el miedo es una consecuencia de nuestra inseguridad. Por lo tanto, duda, miedo e inseguridad son la misma forma de expresar algo tan inherente al ser humano, y que no es otro que la necesidad de ser únicos para quienes nos rodean. ¿Seré buen padre?¿Buen amante?¿Buena pareja?¿Qué esperan los demás de mi?. Lo único que responde a esas preguntas es ser uno mismo, y que los demás nos valoren bajo ese mismo prisma de nuestra libertad de elección, y sobre todo hacerlo nosotros con los demás. No esperar demasiado de los que nos rodean ni querer demostrar lo que no somos. Si nos paramos, nos dejan en la estación, y el reloj sigue corriendo y no sabemos si pasarán más trenes.
Y después de reflexionar sobre todo esto, no pude conciliar el sueño hasta que sonó el despertador, así que no me juzguéis por esto.

26 de junio de 2013

De infamias e injurias.


Hace ya meses que no escribo en este blog. Bueno, seguramente, y si soy sincero, hace ya meses que no escribo en general. No es por falta de ganas, que me encantaría, si no por falta de motivación. Si, aquel intangible que hace que cualquier cosa de nuestra vida, por insignificante y efímera que se nos presente, sea una buena excusa para dejar de hacer algo que en el fuero interno creemos que puede ser más importante. 
Si pensamos detenidamente en los motivos que nos impulsan a saltarnos nuestro gusto natural por el inmovilismo, por la hibernación personal en la que caemos con frecuencia, muchas veces no son cosas importantes a ojos ajenos, sino impulsos sitmémicos que proceden de motivaciones internas más allá de lo lógico. 
Yo, últimamente, solo escribo breves hablando mal de los políticos en general. ¿Irracional?, si, ¿justo?, con todos no se, pero una buena parte de ellos me demuestran cada día en las páginas de los diarios que o no merecen ocupar el cargo que ocupan, o solo están allí para tener trabajo fijo, ganar dinero fácil o enriquecerse si llegasen a un cierto nivel, lo que llamaríamos el colofón del poder. 
Se que puede que no sea justo en mis apreciaciones, pero igual que para ellos todos los ciudadanos pasamos a ser votantes, y eso en el mejor de los casos, que solo pueden reclamar su derecho a la queja cada cuatro años y cambiar entre siempre los mismos perros con distintos collares, yo tengo derecho a que para mi los políticos representen posibles corruptos desde el momento que asumen su cargo. Solo me queda, a la vista está, el recurso infiel de la pataleta.
De infamias el mundo está lleno. De las injurias, es fácil hacerse eco. De políticos incapaces y presuntuosos, estamos demasiado bien servidos en este país. Así que tal vez algún día podamos elegir en libertad entre los que nos representan sin necesidad de cogernos la cartera por si ellos nos la roban, cuando existan las listas abiertas. Aunque bien pensado, a este paso no va a quedar nada dentro. Ni tan siquiera nuestra dignidad, que ellos la suya ya parecen haberla perdido.

18 de febrero de 2013

Tu reflejo perdido.

He vuelto a cerrar todas las ventanas, como siempre hacía antes de ti, hasta que solo la penumbra me acompañase. Casi a oscuras, me he dirigido delante del espejo, allí donde tantas veces te he intuido, te he visto,detrás de mi propia imagen, mirándome desde tus ojos pintados en el difuso reflejo.
Hoy, sin embargo, por primera vez en tanto tiempo no te he visto, y ahora, se por fin que tal vez nunca hubieses estado allí. Te he buscado en tantas otras miradas, en tantos rostros, que creí que alguna vez realmente te había encontrado. Pero ya he comprendido, por fin ahora, que solo veía pequeños pedazos imperfectos de ti en cada uno de ellos, y que aquello que realmente buscaba, nunca lo encontraría completo en nadie más. Tantos rostros y ninguno eras tu. Tanto tiempo engañado, imaginando que te podia retener, y solo eras una ilusión escondida detras de un deseo. Nunca te encontraré por mucho que te busque. Ya no estás, eso ahora lo sé, así que solo queda abrir las ventanas de mi vida y decirte adiós. Nunca serás real, porque siempre has sido un imposible sueño perfecto. Tan solo un deseo desvanecido que no me ha permitido alcanzar la realidad. Hasta ahora.

29 de diciembre de 2012

El muro infranqueable.


Desde niños nos enseñan que hemos de decir la verdad. Nuestras madres y nuestros padres, núcleos unívocos de la familia, sea esta unicelular o pluricelular, e incluso multicelular, que todos los postulados son válidos excepto para la santísima iglesia católica, nos inculcan el deber de la confesión verdadera ante sus preguntas, sin explicarnos que lo que más desean, realmente, es que no les mintamos a ellos. Sin embargo, es pronto, todavía en la más tierna infancia, cuando se desmontan sus teorías ante nuestros ojos cuando, alejados de toda malicia, se nos ocurre decir lo que piensan nuestros progenitores de los amigos, o les dejamos con las partes al aire al descubrirlos en una contradicción. Entonces, y es a partir de ese justo momento que nos damos cuenta, nos tratan como pequeños traidores que tenían que haberse enterado autodidactamente que no podíamos decir la verdad. Es como Eva y la manzana, te desnudan de aquella inocencia que te han inculcado tan ferreamente y que ahora parece molestarles tanto. Contradicciones de adultos que tu no entiendes, te dicen en el mejor de los casos, y que tu repetirás con tu progenie, ya que la naturaleza humana es la que es.
Por eso, al llegar a la adolescencia, y a partir de aquí más allá, aprendes que las mentiras forman parte de tu vida. ¿Porqué mentimos? Bueno, lo hacemos porque la verdad que ocultamos, si se supiese, nos llevaría a no ser comprendidos, o a perder lo que tenemos, o a herir a otros, o sencillamente a ser juzgados injustamente. He dicho otras veces que la mentira es un acto lícito de defensa ante las miradas intolerantes o ante alguien, o algunos, que nos pueden dañar. Ciertamente me reafirmo en ello, pero también creo que existe mucho de lúdico en la mentira, cuando esta forma parte de un acto social. Hay gente que la puede utilizar para engañar, es cierto, pero también es utilizada para aparentar, o simplemente para herir. También está la mentira inconsciente, que está basada en intuiciones sin confirmar, y que dicha y utilizada por personas egoístas pueden hacer daño a terceros. Sin lugar a dudas, encontraremos la mentira auto defensiva, esgrimida por miedo a las consecuencias de lo que hacemos, o la no menos afamada mentira piadosa, que es aquella que utilizamos cuando nos creemos en posesión del don de decidir si otro ha de saber o no alguna información, utilizada básicamente en enfermedades y males de amores.
En definitiva, la mentira no es algo intrínsecamente malo, si no que es su uso la que la convierte en detestable, o no, por lo que las personas, los grupos, somos finalmente responsables de su utilización positiva o negativa, y de que haya gente que la tenga que utilizar como un muro infranqueable de silencio que salvaguarde su intimidad ante ojos ajenos, aficionados a llenar su vacía soledad con la vida de los demás.

14 de diciembre de 2012

A que llegue.



Corté la carne con el cuchillo más afilado, luego vino la cebolla, la grasa de pella, las patatas, el pimentón dulce, el comino y el ajo molido. Más adelante, los huevos duros y la cebolla de verdeo, ya que todo tiene que quedar bien jugoso. Luego, a esperar que todo cueza, disfrutando de un buen vino blanco, y releyendo por septuagésima vez las páginas de Benedetti, ya manchadas de eterno y nostálgico aceite, mientras mato el tiempo pensando por qué hay tan pocas cosas que sazonen la vida. Huelo entonces, embriagado, el aroma de la comida recién salteada al fuego. Ahora solo falta esperar la compañía deseada para admirar, con envidia lo reconozco, cómo la servilleta recorre sus labios húmedos.

14 de noviembre de 2012

Cuando fui inmortal.


Hubo un tiempo en el que fui inmortal. O eso creía en aquella época. Luego, el paso del tiempo, los años, me demostraron que realmente nada es eterno, ni tan siquiera la inmortalidad. Fue precisamente en aquella época de inmortalidad perpetua cuando todo me parecía posible, alcanzable, o por lo menos, creías que tenías derecho propio a soñarlo. En esos años, el tiempo no parecía pasar ni tener fin, y los deseos se transformaban en necesidad inmutable con solo tocar con la punta de los dedos aquello que mas anhelabas. Lo real era aquello que simplemente querías, daba igual si al final pasaba o no. Los amigos eran para siempre, así como el amor, las borracheras, las noches de insomnio, la irresponsabilidad, los padres, los fines de semana, los cómics, Boris Vian, la música rock...
Pero luego los años, la experiencia, me acabaron demostrando que nada es para siempre, ni siquiera la inmortalidad, y que esta solo es un estado transitorio que acaba desapareciendo en cuanto llegan la rutina, las obligaciones, el cansancio. Y es entonces, en aquella barrera que fronteriza los veinte años, cuando comienzas a ser un verdadero hombre adulto, permeable a todo lo que te rodea, perdida ya la ilusión por ser eterno vencedor en todas las batallas, en cada una de las confrontaciones. Algunos lo llaman madurar, otros la pérdida de la juventud, de la ilusión. Tal vez sea todo un poco verdad, pero cuando ya franqueas la mitad de tu vida, compruebas por fin que la verdadera inmortalidad existe nuevamente, que está escondida en aquellas pequeñas cosas que sustituyen a los grandes sueños, a los logros casi imposibles, y aprendes a ser mortal. Porque la inmortalidad no existe, y lo más precioso que podemos conseguir es reconocerlo y disfrutar de cada momento que se te presente.

8 de noviembre de 2012

El destino en las manos



¿Cómo se puede estar destinado a algo en la vida? Si nacemos de nuestros propios principios, de las manos de aquellos que nos trajeron al mundo, de todos aquellos que, queriéndolo o no, nos han ayudado a crecer, a ser nosotros mismos, a tener fe en nuestras fuerzas, en nuestras ilusiones, en nuestros proyectos, nos han enseñado algo en la vida, nos han dejado una huella imborrable porque forma parte de nuestra experiencia, nos han dado la mano para salir de innumerables pozos, o incluso de aquellos que nos han dejado tirados y eso nos ha servido para aprender algo, ¿porqué hemos de creer en el destino y no imaginar, aunque sea más difícil de creerlo, que este destino lo podemos crear nosotros mismos? Día a día, momento a momento, equivocados o no, felices o no, ilusionados o no, solo nosotros tenemos la voluntad y el derecho de poder seguir los pasos que deseemos, sin ser prejuzgados por ello por nadie  ni ninguno de los que nos rodean, de los que nos atisban, aún desde la lejanía de un parapeto de buenas intenciones. Nadie, absolutamente nadie, tiene la capacidad de decidir por nosotros. Nuestro destino nos pertenece aun a expensas de equivocarnos y perder, ya que nadie va a pagar un precio más elevado que nosotros mismos si erramos el tiro. Pero tampoco nadie va a recibir tanto si podemos trazar un camino mejor. La libertad de elegir el error es aún más necesaria que la de exigir el eterno acierto, ya que de eso se llena la palabra vivir, de no acomodarse en lo seguro y poder decidir en cada momento aquello que queremos hacer, siempre que el daño en caso de error solo recaiga en nosotros. No moverse te deja en la foto, pero también hace que el tiempo pase a tu alrededor y solo acabes siendo el recuerdo de una figura decorativa. Y para conseguir nuestro destino, solo cabe una manera, y es decidir qué hacer con él mientras aún lo tengamos en nuestras manos.

31 de octubre de 2012

Reencuentro



Mas allá de ti,
encontrar la vida,
y dejar correr el agua entre las manos,
mientras noto la arena cálida debajo unos pasos perdidos,
que me llevan a arañar el tiempo,
bajo el deseo que este no pase.
Sin dejar de pensar que todo lo vivido
no ha sido tan solo el reflejo de un sueño
eternamente escondido detrás del camino,
sino que todo volverá a importar más allá
del tiempo que hayamos podido perder,
por encima de unos recuerdos vacíos.

24 de octubre de 2012

La belleza de lo simple.

He llegado a un momento de mi vida en el que, reconozco, me he decantado por la que considero como belleza austera. Si, me refiero a aquella belleza que rehuye lo ampuloso, lo excesivo y lo eternamente cargante. En este punto de mi ciclo vital he llegado a la conclusión que, seguramente poco a poco, el tiempo ha ido moldeando una idea, seguramente una palabra que define mejor lo que quiero decir que utilizar ideal, de belleza, mucho mas austera, no subsidiaria de lo accesorio, sino sumergida en una búsqueda constante de lo nimio  de los matices, del espacio vacío, de los reflejos. Es esta, en mi opinión, aquella belleza que se basa en la transparencia que da la calma, en el disfrute de los pequeños detalles, desechando lo accesorio que muchas veces le da a las cosas un falso brillo de verdad impostada. La verdad de la belleza, ciertamente, esta no solo en el hecho, objeto o ser en si mismo, sino en la mirada del observador. Aprender a apreciar la belleza mas allá de lo superficial, buscarla en aquello que nos transmite serenidad, es un ejercicio enriquecedor que en ocasiones no es nada fácil. La belleza de lo simple, la austeridad de medios para llegar a ella, es la que nos llevará a aprovechar aquello que vemos, del tiempo que disfrutamos. Muchas veces una sonrisa robada al cruzarte con un desconocido, un ambiente zen, un momento de relax, o infinitas pequeñas cosas, nos llevan a la belleza de lo mas intimo. Y el resto lo hace nuestro rasgo humano, que consigue que la belleza real nos llegue a través de múltiples canales. Solo es cuestión de querer vela.

22 de octubre de 2012

Lo imposible.

La verdad es que cuando el otro día fui a ver la película Lo imposible, el último bombazo comercial del paupérrimo cine español, mis sensaciones previas no se ajustaban a lo que luego experimenté. Para empezar, me senté en la butaca de mi fila que daba al pasillo, consecuencia, por supuesto, primero, de no haber sacado yo las entradas, y segundo, de mi maniática costumbre de quedarme siempre el último del grupo a la hora de elegir sitio. Vamos, que ni lo escojo ni me gusta escogerlo, porque a mi me da igual, pero que por ende, la cosa fue así. No me quejo. Las butacas podrían haber sido más cómodas, lo admito, pero en la mayoría de centros comerciales de la ciudad el nivel de confort es el que es, así que por este lado tampoco nada que alegar, señor fiscal. Desde luego la sala no era de las más espaciosas que uno recuerde, añoranza de aquellos cines de empaque de la ciudad, como el aún subsistido Urgel, con sus 1832 localidades, pero al menos lo que perdemos en estrecheces lo ganamos en falta de colas, si es que el que no se consuela es porque no quiere. Eso si, el cine también me recuerda cuanto odio el ruido a mano buscando palomitas, a mano rascando caja de cartón en busca del último rastro de las ya defenestradas palomitas, las voces susurrantes, y no tanto, de gente que no se corta nada en demostrar a su acompañante que ellos ya han adivinado por donde van los tiros del argumento, como si de un David Mamet inconfeso e incomprendido se tratasen, que ellos tienen experiencia, ya que adivinaron en el minuto veinte cómo acabaría Titanic. El olor a ambientador que no consigue enmascarar el resto de olores, es otra de mis fobias, pero el último en llegar a esta galería de los horrores cinematográficos, no es otro que el ruido de la mano buscando caramelos en las bolsas de plástico en las que te los venden antes de entrar. ¡Me horroriza!
La verdad es que son muchos años yendo al cine, es verdad, y que ya uno va avanzando hacia la gran madurez vital, es cierto también, pero cada vez son más las cosas que perturban el visionado de la película... la película, es verdad, ¡se me olvidaba! Bien, yo no soy crítico de cine, es evidente, pero la película en si misma me pareció bien hecha, con un argumento conciso, capaz de emocionarme hasta derramar cuatro lagrimitas, lo reconozco, aunque eso conmigo no tiene mérito ya que empatizo hasta la saciedad con los personajes. Eso si, aparte de no marearme, gran mérito de la noche, y de no soportar las escenas casi gore que en algún momento salían, el drama personal de cada uno de los miembros de esta familia acomodada (gracias al director por el guiño a la situación de la mayoría de ciudadanos normales, al hacer que el padre se preocupe por si no le renuevan el contrato en Japón, aunque yo también olvidaría las penas permitiéndome el lujo de vacaciones de Navidad que puede permitirse en semejante resort) hace que los veamos con cariño, con ternura. Excepción hecha, por mi parte, del hijo mayor, al que no soporto lo manipulador que es, y el complejo de Edipo que lleva encima, aunque imagino que la familia, de ser española de verdad, reaccionaría como el sábado vi en la calle a un padre decirle a su hijo pequeño: "como no pares, te voy a dar tal tortazo (esta es la expresión censurada, comprenderéis), que te van a salir los dientes de la boca", a lo que el niño siguió protestando aún más alto. Así que la enseñanza que me deja la película, más allá de ser muy buena, es que lo imposible del título no es que sobreviviera la familia, si no es que fuesen una familia española, y que no les diese tiempo de salir de ese hotel sin llevarse alguna toalla. Pero bueno, es la magia del cine.

12 de octubre de 2012

Al volver, el invierno.

¿Porqué el invierno este año ha llegado tan pronto? Allí, al encender la luz y verse delante del espejo, solo, intuyendo su presencia, la de ella, incierta en cada sombra, en cada reflejo de luz, la soledad le ahogaba hasta casi llorar. Y sin embargo, ¿porqué no salen las lágrimas? Tal vez, porque el recuerdo de cada pedacito de vida vivido a su lado, hace que el vacío interior niegue la emoción de haberla perdido. O porque ella había decidido que tanto tiempo separados era demasiado, que la distancia aleja más que la vida, y que la única manera de volver a respirar era dejar de hacerlo a su lado. ¿Donde estará su espacio, ahora? Ya qué más da, deseaba pensar, aunque no podía evitar el dolor al sentir que no volvería a ver su sonrisa, ni intuir el olor de su pelo, ni abrazarla al despertar, y eso le atravesaba el alma ya rota. No sabía porqué, ni si había otro, o si algún dia podría recomponerse, rehacerse de este naufragio, pero ahora mismo lo que reflejaba el espejo no es lo que él había sido, ahora solo se podía ver los restos de su soledad. Sin el cuerpo de ella detrás del suyo, como era todo antes de su invierno. Y sin embargo, ahora solo le quedaba regresar, aunque el camino de vuelta a la realidad es siempre el más duro, el más difícil de caminar, ya que los pies están cansados de tanto buscar y perder. Y tener que hacerlo en soledad da miedo, por tropezar y antes de caer no tener su mano para agarrarse. ¿Donde estará? Pero sobrevivir ahora es olvidar, y él lo sabe. Sin embargo, ¿cuántas innumerables veces más tendría su reflejo imaginado detrás? Porque por mucho que lo desease, nunca volvería a tenerla a su lado, sonriéndole mientras ella peinaba su pelo con los dedos. Ahora ya solo le quedaba olvidar el ayer, y aceptar que después del frío invierno, casi siempre vuelve la primavera. Solo es cuestión de esperarla, para vencer a la tristeza y la soledad.


4 de octubre de 2012

Una noche con Leonard Cohen (con trampa)

Tal vez, si decidiese cultivar una cierta imagen, escribiría aquí que el concierto del maestro Cohen fue apasionante, único, un derroche de sensibilidad y un alarde de sofisticación solo apto para oídos reconocidos y gente con bagaje cultural reconocible. Sin embargo, me he despertado esta mañana con la crítica, unánime he de decir, desaforadamente favorable al concierto que Leonard Cohen ofreció anoche en Barcelona, y eso me ha hecho reflexionar. Reconozco que nunca he sido un acólito de la causa cohensionana, y que su música tiene tendencia a aletargar mi estado de ánimo, e incluso que es posible que al estar trabajando mi sensibilidad no fuese la adecuada para un paladar tan exigente, pero admito que acabé las tres horas de concierto más los veinte minutos de descanso intermedio (la verdad es que yo solo estuve un poco menos de dos horas escuchándolo), intentando discernir una serie de sesudas ecuaciones. La primera, ¿había estado escuchando varias piezas del repertorio del venerable cantante canadiense, o tan solo era la misma canción con diversos parones para que la gente despertara a base de aplausos? La segunda, ¿entiende la gente que lo va a ver la letra de lo que canta, o solo intuye los susurros broncos y estentóreos que modula siempre (bueno, dejémoslo en casi, que no quiero ser excesivamente irreverente) la voz del abuelo Leonard, o es que ya se saben de memoria la letra y por eso les da igual no entenderlo? Otra, ¿es necesario ese aire retro (en él la definición vintàge tal vez fuese más acertada) de sombrero para meterse en su mensaje, o es solo una impostura de "yo aquí marco territorio de culto a la estética culta"? Y finalmente, ¿este hombre sufre de narcolepsia mientras canta? ¿o es que yo pertenezco a un insensible y reducido grupo humano al cual le produce sopor su música? 
Y después de todo esto, os pido por favor, que no me hagáis mucho caso, que seguro que me equivoco, pero es que he dormido poco después del concierto, y mira que luché por no hacerlo durante el mismo. Si gané o no la batalla, no lo voy a decir.

1 de octubre de 2012

La belleza puede ser triste y cruel.



Seguí mis propios pasos hasta aquella oscura callejuela, oculto a resguardo de las sombras de la noche. Me aposté detrás de una farola, a sigiloso cubierto de su luz amarillenta. Para cuando ella llegó pasarían ya de las tres de la madrugada, y mis pies estaban ya adormecidos de la espera. Realmente era tan hermosa como me habían dicho, y sin embargo ese precisamente era también su peligro. Demasiados hombres la pretendían tan solo por lo que parecía prometer, pero únicamente uno deseaba vengarse de una traición, y era precisamente el que me pagaba. Lindas piernas, pensé para mi al verla embutida en aquel ceñido vestido negro, qué desperdicio. Pero la profesión es lo primero, acabé reflexionando, así que me acerqué, el frío cuchillo oculto en un bolsillo de mi gabardina, y sin mirarla a los ojos, rajé vestido, abdomen y alma. No es nada personal, quise decirle, pero ya no valía la pena. Cuando cayó no pude evitar mirar sus hermosos ojos esmeralda, se que soy un romántico en el fondo, y pensar qué injusto es el deseo frustrado de quien desea y no consigue, o del que tiene y recela del mundo. Al fin y al cabo, ella era la menos culpable, si es que lo era en algo, pero la vida finalmente es como un tango, triste y cruel.

30 de septiembre de 2012

Las zapatillas de baile.


Aquella tarde, bajo la penumbra que anuncia el fin del otoño y la llegada del invierno, Ruth descubrió el regalo que sus padres le habían hecho para celebrar su octavo cumpleaños. Aquellas zapatillas de baile eran tan hermosas, con su color descarnado, sus lazos inacabables, y su flexibilidad incansable, que no podía haber nada mejor en el mundo. Las apretó contra su pecho con la infantil necesidad de evitar que algo las hiciera desaparecer, y así durmió aquella noche, soñando con bailes, vueltas, pliés y demipliés. Nunca había sido tan feliz, y a partir de aquel día, ni los esfuerzos, el cansancio, la rutina perentoria, o el desánimo inabarcable pero momentáneo, hicieron mella en su voluntad de bailar algún día en un gran escenario, ante un gran público. Y cuando finalmente estuvo a punto de conseguirlo, cuando estaba apenas a unas semanas de estar deslizándose sobre unas tablas envuelta en focos y miradas de gente, aquel coche demasiado veloz, aquel instante de ensoñación que no le permitió verlo, todo junto y a la vez, un instante y las zapatillas de baile quedaron solo en un recuerdo.
La vida te puede quitar todo lo que más deseas en un instante. Te puede quitar los proyectos, las ilusiones, te puede incluso arrebatar los sueños, eso es verdad, pero nunca pudo arrancarle a Ruth una sonrisa. Porque a pesar de cambiar las zapatillas de bailes por unas muletas, ella ya sabía lo que era sufrir para conseguir lo que deseas, luchar por un destino mejor, así que metió su vida anterior en un baúl, también a la anterior Ruth, y se dispuso a ganar la batalla a no sabía muy bien qué enemigo. 
A pesar de no poder bailar, Ruth consiguió algo que no todos los que podemos llegar y no lo hacemos por pereza hacemos, y es demostrarse a si misma que, seas como seas, te pase lo que te pase, lo más importante es quererte, y nunca desfallecer en la búsqueda de la felicidad, sea esta como sea. Si alguien nos arrebata definitivamente un sueño, de nosotros depende luchar siempre por otro. Lo importante es nunca dejar de soñar.

26 de septiembre de 2012

Elogio del café



Una leyenda muy comentada y difundida sobre el origen del café es la de un pastor llamado Kaldi, procedente de Abisinia , la actual Etiopía, observó asombrado como unos pequeños frutos rojos que consumían sus cabras producian en estas un efecto vigorizante, algo comprobado por él mismo posteriormente. Desde aquí, y con el paso de los siglos, el cafè fué ampliando su campo de acción y transformando su producción hasta llegar al siglo XV en los monasterios sufi de Yemen, donde los granos de café fueron tratados por primera vez de una forma similar a a la que conocemos hoy en día. Hasta aquí su contexto histórico. Ahora pasemos a su contexto social, ya que el café se ha transformado su uso hasta llegar a ser, como lo percibimos en nuestras actuales sociedades, un referente en las relaciones entre las personas.
Qué mejor motivo hoy en día para entablar una conversación que delante de un humeante y recién servido café, aceptando dentro de este cualquiera de sus variantes y de sus formas de ser servido. Ante una taza de café, mi personal forma de verlo, sea un espresso, un cortado, uno con leche, un manchado, un americano, con hielo, o de la variedad que cualquiera guste, se reúnen personas para cerrar tratos de negocios, para charlar con amigos, los amantes o los que intentan serlo, los que buscan relajarse, los que huyen del estrés cotidiano, los que leen los periódicos o consultan su portátil en busca de cualquier cosa que pescar en la red... y así hasta infinidad de posibilidades.
Es por eso, y porque a mi me encanta el olor que desprende un café recién hecho por la mañana, que celebro la idea de aquel pastor de Abisinia que pensó que lo que era bueno para sus cabras, también era bueno para él. Desde aquí a él, junto al desconocido inventor de la cama, mi eterno agradecimiento por las innumerables horas de placer vividas.

18 de septiembre de 2012

Búsqueda.


Buscar sin encontrar,sin motivación por seguir el camino, es lo peor que le puede pasar al ser humano. Como animales inconformistas, siempre danzamos en busca de lo que desconocemos, de lo que se nos esconde. Sin embargo, lo que busca el ser humano con mayor ahínco es, sin ninguna duda, el tiempo.
Buscar el tiempo es arduo, si, pero la recompensa puede ser infinita si sabemos utilizarlo. Algunos buscan cómo llenarlo, de proyectos o de vacíos. Otros buscan la manera de alargarlo, en busca de una quimera que obsesiona. Sin embargo, el tiempo, que empieza con fecha oculta de caducidad con nosotros desde nuestro nacimiento, nos obsesiona tanto que olvidamos que administrarlo es cuestión solo de disfrutarlo. Con cosas grandes o pequeñas, eso es indiferente, ya que cada uno ha de poner el valor real a aquello que desea. Pero ante todo, un consejo, esta vez si, y es que no perdáis el tiempo y disfruteis de todo aquello que más os llene. No lo dudéis entonces, y lanzaros a la aventura vital de pintar el tiempo a vuestro gusto.




6 de septiembre de 2012

Haiku

La lluvia ha dejado a su paso
el sonido del recuerdo
del próximo otoño.